domingo, 5 de abril de 2009

Por qué sí la educación sexual

La educación de niños, niñas y adolescentes sobre salud sexual es una de las cuestiones más debatidas y de mayor carga emocional. Las diferencias de opinión son muy grandes cuando se trata de esclarecer hasta qué punto debe ser explícito el material utilizado, la extensión ideal, con qué frecuencia debe hacerse llegar a sus destinatarios y a qué edad debe iniciarse dicha educación. Se ha llegado incluso a formular la pregunta: ¿acaso es necesario educar a las y los adolescentes en materia de sexo y salud sexual?

El problema no es si las niñas y los niños deben recibir educación sobre salud sexual, sino cómo y qué clase de educación van a recibir. Es imposible apartar a la población infantil de las influencias sexuales. Modelos adultos de comportamiento, la televisión y los anuncios comerciales la bombardean constantemente, pero el silencio y las respuestas evasivas suelen ser "profesores" más eficaces. Dejar de prestar a las y los jóvenes información y servicios apropiados y oportunos por temor a legitimar y alentar la actividad sexual no es una opción viable y resulta contraproducente.
Reflexión:
Imaginemos que un padre de familia construye en su casa una alberca (nada más atractivo para niños y jóvenes) pero quiere mantenerla fuera del alcance de sus hijos por los riesgos que conlleva. Manda a construir una cerca alrededor para mantener a los chicos a salvo, sin embargo se percata de que no resultará suficiente así que ordena colocar una malla protectora. Al final se da cuenta de que eso no detendrá a los chicos, así que manda a construir una barda; cuando queda terminada la observa desilusionado pensando que no importa lo que haga para mantener a sus hijos alejados, éstos, tarde o temprano encontrarán la forma de saltarse la barda, romper la malla y abrir la cerca…
Lo mismo sucede a los padres de familia cuando enfrentan el temor de que sus hijos lleguen a la edad de iniciar su vida sexual. Para “mantenerlos a salvo” ponen cercas, mallas y bardas, pero de igual forma el riesgo sigue latente. ¿Qué se debe hacer entonces?
La respuesta es muy simple: ¡Aprender a nadar!
Si los padres de familia orientan adecuadamente a sus hijos, brindándoles confianza, platicando, haciéndoles ver los riesgos y a su vez los chavos nos dejamos apoyar y hacemos caso a los consejos de nuestros padres, entonces estaremos mejor protegidos.

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